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martes, 27 de noviembre de 2012

Signos de puntuación. Introducción (I)

He decidido indagar un poco sobre el tema de los signos de puntuación, ya que es sumamente importante en traducción saber trasvasarlos en su propia cultura. Lo haré en varias entradas ya que el tema es muy amplio y me gustaría echarle un vistazo al uso en diferentes lenguas, como la española, la alemana, la inglesa y la francesa. Aquí va la primera parte con una pequeña introducción general:


Los signos o caracteres especiales de puntuación son signos especiales que se utilizan en la escritura para dar sentido a la oración. Dentro de esta denominación no entran ni letras ni cifras, como tampoco lo hacen los signos que aportan información especial como, por ejemplo, los que usamos para señalar el tipo de  moneda o los símbolos matemáticos.

Estas grafías especiales tienen como objetivo ayudar en la estructuración de un texto para mantener un discurso coherente sobre papel y, a su vez, conseguir un ritmo de respiración adecuado en el discurso hablado. Ya se pueden imaginar, que un discurso sin caracteres especiales de puntuación sonaría como una voz salida de una máquina.

El documento más antiguo, en el que figura la puntuación, es la Estela de Mesha, también denominado Piedra Moabita o lápida de Mesha. Es una piedra de basalto negro que lleva una inscripción en lengua moabita referente a circunstancias del antiguo testamento y que data del s. IX a. C. La inscripción consta de 34 líneas escritas en alfabeto paleo-hebreo. Tiene de particular, que los puntos figuran entre palabras y se colocaron líneas horizontales cada vez que se quería cambiar de sentido dentro de las secciones. Sería algo así: vean. el. texto. en. moabita. transcrito. en. letras. hebreas. modernas:

En los antiguos escritos griegos encontramos líneas verticales, y,  uno, dos o tres puntos uno encima de otro entre palabras.



En la scriptura continua - la escritura temprana - no se usaban espacios para separar palabras. En los libros de los escribas, las palabras se sucedían sin interrupción en toda la línea de la página. Esta falta de espacios o separación reflejaba los orígenes orales del lenguaje escrito, pues cuando hablamos no nos paramos a hacer pausas entre dos palabras. Las sílabas fluyen sin parar de nuestros labios. Nicholas Carr lo describe muy bien:
A los primeros escritores nunca les pasó por la cabeza insertar espacios en blanco entre las palabras. Se limitaban a transcribir el habla, escribían lo que les dictaban sus oídos (hoy, cuando los niños empiezan a escribir, tampoco separan las palabras: como los antiguos escribanos, transcriben lo que oyen). Así pues, los escribas no prestaban mucha atención al orden de las palabras en una frase dada. En el lenguaje hablado el significado siempre se había transmitido principalmente a través de la inflexión, un patrón de los acentos que el hablante pone en determinadas sílabas; y esa tradición oral continuó gobernando el lenguaje escrito.
Más tarde, en las inscripciones romanas, vemos más caracteres especiales de puntuación. Los puntos se utilizan para separar palabras, pero aún no figuran al final de las oraciones.
En el s. VII llegan otros sistemas de puntuaciones que tienen similar construcción. La época carolingia conoce el punto como separador, igual que ya se observa la raya – Virgel, que es la raya diagonal - que servía para separar las oraciones.
Esta puntuación se adopta más adelante en las imprentas de la Edad Media, sin embargo aún no tienen reglas claras.

Los signos de puntuación actuales se deben sobretodo al impresor italiano Aldus Pius Manutius el mayor (Aldus Manutius, Aldo Manucio, 1450-1515), fundador de la tipografía itálica o cursiva (o bastardilla) que ha llegado hasta nuestros días. Imprimió el primer punto y coma en la obra de Pietro Bembos, De Aetna, en 1494 y, junto a su nieto, estandarizó los signos de puntuación: La raya o Virgel con el tiempo se fue pareciendo a nuestro punto.
Hasta entonces la puntuación solo tenía el propósito de ayudar en la lectura de los libros. Se marcaba la entonación y dónde había que recuperar el aliento. Con Aldus Manutius, el joven (1566) se utilizó la puntuación, sobre todo,  para poner claridad en la sintaxis.

Nuestras lenguas sin signos de puntuación no estarían completas, además no nos imaginamos tal cosa. Es más, si estos caracteres faltan o están mal colocados dejan en evidencia al que escribe. Sin embargo, existen  escritores que se negaron a puntuar lo que escribieron. ¿Os imagináis cómo se lee eso?  Uno de ellos fue Jerzy Andrzejewski (Varsovia 1909-1980), que se dio a conocer con cuentos y novelas de trasfondo psicológico. En 1948 publicó su novela, que le daría reconocimiento internacional, "Cenizas y diamantes", en la que refleja los problemas de la sociedad polaca en la posguerra, y que fue llevada al cine en 1961 por Andrzej Wajda. Pues bien, en 1962 publicó una novela escrita enteramente con una sola frase. Las primeras 40.000 palabras no tienen ningún signo de puntuación.

Otro ejemplo es Gertrude Stein, escritora y poetisa estadounidense. Destacaba a través de un estilo marcado por repeticiones de palabras cuyo objetivo eran traducir a la literatura el cubismo de la pintura abstracta. También ella rechazó los signos de puntuación, a excepción del punto y aparte, al que consideraba “con vida propia”. Decía que las comas eran “serviles” y que los signos de interrogación y admiración eran “realmente repugnantes”.

Y seguimos con Marcel Proust, uno de los motivos por los que mi hijo mayor se llama como se llama J¿Conocéis su obra En busca del tiempo perdido? Es la que alberga la oración más larga del autor:

Sofá surgido del sueño entre los sillones nuevos y muy reales, unas sillas pequeñas tapizadas de seda rosa, tapete brochado a juego elevado a la dignidad de persona desde el momento en que, como una persona, tenía un pasado, una memoria, conservando en la sombra fría del salón del Quai Conti el halo de los rayos de sol que entraban por las ventanas de la Rue Motalivet (a la hora que él conocía tan bien como la propia madame Verdurin) y por las encristaldas puertas de La Raspèhere, adonde la habían llevado y desde donde miraba todo el día, más allá del florido jardín, el profundo valle de la mientras llegaba la hora de que Cottard y el violinista jugaran su partida; ramo de violetas y de pensamientos al pastel, regalo de un gran amigo va muerto, único fragmento superviviente de una vida desaparecida sin dejar huella, resumen de un gran talento y de una larga amistad, recuerdo de su mirada atenta y dulce, de su bella mano llena y triste cuando pintaba; un arsenal bonito, desorden de los regalos de los fieles que siguió por doquier a la dueña de la casa y que acabó por adquirir la marca y la fijeza de un rasgo de carácter, de una línea del destino; profusión de ramos de flores, de cajas de bombones que, aquí como allí, sistematizada su expansión con arreglo a un modo de floración idéntico: curiosa interpolación de los objetos singulares y superfluos que aún parece salir de la caja en la que fueron ofrecidos y que siguen siendo toda la vida lo que en su origen fueron, regalos de Año Nuevo, en fin, todos esos objetos que no sabríamos diferenciar de los demás, pero que para Brichot, veterano de las fiestas de los Verdurin, tenían esa pátina, ese aterciopelado de las cosas a las que añade su doble espiritual, dándoles así una especie de profundidad; todo esto, disperso, hacía cantar para él, como teclas sonoras que despertaran en su corazón semejanzas amadas, reminiscencias confusas y que en el salón mismo, muy actual, donde ponían su toque acá y allá, defininían, delimitaban muebles y tapices, como lo hace en un día claro un cuadrado de sol seccionando la atmósfera, los tapices y de un cojín a un jarrón, de un taburete al rastro de un perfume, perseguían con un modo de iluminación en el que predominaban los colores, esculpían, evocaban, espiritualizaban, daban vida a una forma que era como la figura ideal, inmanente en sus viviendas sucesivas, del salón de los Verdurin.







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